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  • Bernardita Prieto r.s.c.j.

    Yo también  quiero celebrar la acción de Dios en Don Enrique, creó que él amó profundamente a Cristo y que la vida de Jesús inspiró su propia vida y su acción pastoral. Personalmente me impresionó siempre la búsqueda de Don Enrique en este aspecto; nunca le vi instalado, seguro de su respuesta, sino que atento a su escucha. De aquí ese escudriñar suyo de la Escritura: la tenía tan usada, tan subrayada. Y su profundo conocimiento de la historia de la Salvación, le dio una sensibilidad grande para captar en nuestra historia, la única historia de la Salvación como él nos decía, tantas veces, la acción de Cristo Liberador y la presencia del pecado.

    Todos los meses Don Enrique venía a nuestra comunidad religiosa a decirnos misa y la misa comenzaba como siempre con el comentario de los acontecimientos. Por él nos informábamos de lo que pasaba en la Iglesia, lo que pasaba a nivel político, a nivel del país. Pero, posteriormente, su iluminación de la palabra de Dios nos hacía descubrir que sus respuestas pastorales, sus respuestas personales eran fruto de una profunda reflexión, de una profunda oración, a veces en largas horas de la noche.

    Pero creo que Don Enrique, más que enfatizar algún aspecto de Cristo, vivió en Comunión con Cristo, con el Cristo encarnado, el Cristo solidario, raíz de la Iglesia Solidaria, el Cristo muerto y exaltado, el Cristo muerto en medio de  nosotros, pero raíz de optimismo, de compromiso, de esperanza. Todo lo que había visto y escuchado de Don Enrique, lo vi confirmado en su muerte, yo creo que Don Enrique murió como Hijo, como Hermano y como Señor. Sentí que moría como Hijo porque me admiré de la serenidad con que aceptó la enfermedad y la muerte. Era un Hijo que volvía al Padre. Sus últimas palabras: “Nos encontraremos en lo profundo de Dios”. A Ignacio le dijo: “da ese mensaje”. Y murió como Hermano al sentir el cariño con que lo rodeábamos, la oración que estaba en toda la Iglesia de Santiago, decía que suponía que esta solidaridad con él era Comunión de Iglesia con todo hombre necesitado. Hoy en este enfermo y mañana y todos los días con todo hermano que sufre, en el campamento, en el mundo laboral y en cualquier lugar o ambiente. Don Enrique murió como Señor, no le arrebataron la vida, la entregó, la entregó por los hermanos. El dijo: “Me conforma pensar que ustedes ven en el Pastor de su Zona no, en primer lugar, la imagen de Enrique Alvear sino la imagen de Cristo entregan-do su vida de alguna manera por ustedes, Cristo entregando su vida al Padre bajo el impulso del Espíritu Santo, por la Salvación y Liberación Evangélica de los hermanos”.

    Esta noche en que sentimos tan cercana la presencia de Don Enrique yo quiero pedirle para todos nosotros que seamos realmente un contagio de la semilla que él nos entregó, de que somos un pueblo de Hijos, Hermanos y Señores.

     

 
 
     
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Don Enrique Alvear