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  • Gabriela Alvear

    “Como todos sabemos, para conocer y valorizar a una persona hay que mirarla en distintos ángulos, en distintas formas. Cuando a mí me ofrecieron que diera testimonio del amor que derramó Enrique en su familia, les digo que para mí fue una dificultad grande. Pero pudo más el deseo de hacer conocer a todos lo que fue Enrique para nosotros que el temor que tenía de hablar ante un público tan numeroso.

    “Con él no se cumplió el adagio que nadie es profeta en su tierra. Era muy importante que se conociera que estuvo muy cerca de nosotros en todo momento. La presencia del Señor en él se manifestó en el interés cariñoso con que siempre recibió nuestras confidencias cuando necesitamos apoyo de él. Veremos en él su preocupación y dedicación hasta en el pequeño detalle apropiado con que a veces nos hacía el regalito, que nos venía justo como la demostración del cariño que él nos tenía, porque él estaba pendiente de todo. Enrique llegaba a nuestros hogares a visitarnos siempre alegre. Rara vez mostraba él su preocupación por los problemas o por los conflictos en que estaba a veces muy metido.

    “El día antes de caer enfermo para no levantarse, fue a visitar a una hija mía que estuvo muy grave; él ya se debe haber sentido muy enfermo, sin embargo no hizo ninguna alusión a cómo estaba él. Solamente se preocupó de la enferma. Esta actitud suya era lo que todos los años hacía que toda la familia, más o menos 150 personas fuéramos a un  encuentro con él. Ustedes piensen que habían de distintas edades, había de distintas condiciones económicas, de distintas maneras de pensar, y no todos cristianos muy fervorosos.

    “Era su irresistible bondad lo que nos atraía, todos queríamos estar cerca de él para recibir algo de lo que él nos derramaba, de lo que él era la irradiación, de que era reflejo de lo que Cristo daba en él.

    “Oyendo todos estos días lo que se ha dicho de él, a pesar de que todos nosotros, su familia, estábamos convencidos de su santidad, comprobamos ahora más todavía lo que era su humildad. Que nunca nos dimos cuenta total de la influencia poderosa, maravillosa, que ejercía en él el Espíritu Santo.

    “Parte de nuestra familia estábamos veraneando en el campo cuando mis padres recibieron carta de él, y él les comunicaba que había asistido a un retiro para universitarios predicado por Monseñor Carlos Casanueva, y ahí él había descubierto los signos evidentes de su vocación sacerdotal. Y lo que escribo ahora es lo que más nos impresionó, porque él escribe que sentía que iba a tener una gran carga, una pesada carga a sus espaldas; y nosotros sabemos cómo el Señor le dio la capacidad para soportar y llevar esa carga con alegría.

    “A nuestro padre le costó aceptar  que no se recibiera de abogado, primero. Pero terminó por darse cuenta que era muy decisivo y muy cierta su vocación y él mismo lo acompañó al Seminario.

    “Cuando yo hacía pocos años que estaba casada, él llegó muy enfermo del pulmón porque por ir al Hospital  San Juan de Dios a visitar a los tuberculosos se contagió. Cuando ya estaba mejor porque fue un enfermo muy obediente, un enfermo ideal, y apenas el doctor le dio permiso para levantarse, descubrió donde estaba la cárcel y se iba todos los días a visitar a los presos. Y un día llegó muy afligido porque estaba con una picazón terrible: le habían convidado uno de esos habitantes que pican a los presos.

    “En nuestra familia nos hemos dado cuenta que él tenía una gran similitud con el Cirineo, el que ayudó a cargar la cruz a Jesús. El nos ayudó a cargar las cruces familiares, porque con el familión que tenemos nunca faltó alguien con dificultades o con el sufrimiento. Con todo orgullo digo ¡qué privilegio de haber tenido este hermano!  Dios en su insondable bondad y sabiduría nos tenía reservado esta maravilla. Y dicen ustedes, y todos sabemos como está la situación difícil, que para conseguirse una peguita cuesta y hay que tener Santos en la Corte, ¡cómo nosotros no vamos a poder desear que, con este Santo en la Corte Celestial, no nos consiga un puestecito, aunque sea muy modesto, al lado del Padre del Amor!

     

 
 
     
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Don Enrique Alvear