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El horrendo crimen de Lonquén

En los años que siguieron al golpe de estado del 73 fueron muchas las personas perseguidas, arrestadas y asesinadas por la policía secreta, llamada DINA, por el solo motivo de pensar distinto del Gobierno que se impuso por la fuerza o porque fueron dirigentes políticos en los anteriores regímenes.

Los interrogatorios bajo tortura, la cárcel o el exilio eran las penas habituales que se infligían a los disidentes.

Cuando iban una casa a buscar a una determinada persona, lo hacían con prepotencia, golpes y el consabido registro de todas sus pertenencias.  Muchos fueron sacados semidesnudos o descalzos, dejando atrás el llanto y la impotencia de los familiares. Después, éstos tenían que averiguar de sus paraderos, labor muy ingrata por la cantidad de negativas que siempre recibían. Se buscaba en los hospitales y también en la morgue. En este peregrinar angustioso, a veces se lograba saber el lugar de arresto: otros eran encontrados sin vida, algunos eran deportados a campos de concentración como Pisagua o Chacabuco. Pero fueron muchos, miles, de los que nunca más se supo; nunca se supo si estaban vivos o muertos, simplemente se negaba su detención, a pesar de haber sido hecha ante testigos que la denunciaron.

Estas personas fueron llamadas “Detenidos-Desaparecidos” y sus familiares se organizaron para buscarlos conjuntamente. Ha sido la organización que en forma más constante y más pacífica no ha dejado de preguntarle al Gobierno ¿dónde están…?, y al igual que las Madres de la Paza de Mayo, en Argentina, en Chile han golpeado todas las puertas, han denunciado, han viajado para conseguir saber el paradero de sus familiares: con la foto prendida del vestido, atadas con cadenas a los Tribunales o desfilando por las calles principales, siguen preguntando a todo Chile: ¿dónde están…? Ayúdenos a encontrarlos. Siempre han tenido el silencio por respuesta.

Don Enrique vivió esta historia al igual que nosotros, pero su sensibilidad de Pastor, sus sentimientos de compasión y su misericordia, su gran conciencia de que Dios es el Dios de la vida y que no podía estar conforme con esta aberración cometida de hacer desaparecer seres humanos, solidarizó con la causa de los familiares de los detenidos-desaparecidos, porque la consideró la causa misma de Jesucristo.

Es así como ya en el año 75 lo vemos en una liturgia en Lourdes, que se celebró justamente para rogar a Dios para que la verdad imperase y los responsables dieran cuenta de las vidas que se buscaban. En una parte de su homilía decía así:

“Hermanos: Esta reunión, tan hermosa, nos muestra que realmente está Jesucristo caminando con nosotros. Jesucristo está en la Iglesia. Jesucristo vive en la Iglesia. ¿Y qué es lo que dice Cristo a la Iglesia? ‘Iglesia mía, quiero que Tú muestres mi rostro, que muestres Mi preocupación por el Hombre’. Y ésta es la Iglesia aquí reunida. ¡Jesucristo está con nosotros! Él viene a decirnos: ‘No estés triste, yo camino contigo; yo caminé la Cruz contigo primero, para poder decirte: yo conozco lo que es la Cruz; yo conozco lo que es la soledad; yo conozco lo que es llamar y no ser escuchado por nadie; yo conozco lo que tú no conoces, cuando yo en la Cruz tuve que decirle a mi Padre del cielo: ‘Dios mío, ¿por qué me has abandonado?  Nadie ha experimentado la soledad que yo experimenté para comprenderlos a ustedes; para poder caminar siempre con ustedes’”.

Cada vez que los familiares hacían algún acto, gesto de búsqueda o de denuncia; él los apoyaba con una carta, una liturgia o los acompañaba personalmente.

En el año 78 fue la gran huelga de hambre, que duró diecisiete días, en la Parroquia Jesús Obrero y Lourdes.

Algunos sacerdotes y religiosas acompañaban a los familiares. La huelga fue declarada indefinida hasta que las autoridades dieran cuenta del paradero de los detenidos-desaparecidos. Don Enrique, primero, se desconcertó por la presencia de eclesiásticos en la huelga; después, dialogó, rezó y lo entendió, pero nunca dudó de que la causa era justa y de que el medio elegido era no violento. Cuando el ayuno terminó, proclamaba en su homilía.

“La Iglesia, con sus Pastores y Comunidades, debe estar muy atenta ‘a los acontecimientos, exigencias y deseos’ de los hombres, en cuyos acontecimientos participa juntamente con ellos. Allí debe discernir o descubrir los signos verdaderos de la esencia de los planes de Dios (G.S. Nº 11).

De esta manera, hemos estado atentos al sufrimiento de nuestros hermanos, los familiares de los detenidos-desaparecidos.

Pastores y comunidades hemos captado en ellos, a través de todos los acontecimientos, un llamado del Señor para apoyar la justicia de su causa.

Así entramos en la historia que guía Jesucristo, denunciando la antehistoria y comprometiéndonos con la identidad de Iglesia en la causa de la justicia.

¿Cuáles son nuestras armas? El Apóstol Pablo responde a esta pregunta cuando escribe a los cristianos de Éfeso: “Tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneos firmes’.

El compromiso de la Iglesia con la causa de los desaparecidos no pretende atacar ni cambiar gobiernos o emplear medios de por sí agresivos.

Con la fuerza de su testimonio de amor, con la confianza en el Dios de Jesucristo, expresado en vigilias de ayuno y oración, con sus claras denuncias y, sobretodo, con el arma poderosa de la Palabra de Dios, quiere golpear la conciencia de quienes dañan con su injusticia para que respeten y reconozcan los derechos de los pobres y de los desamparados.

Éste es nuestro compromiso de Iglesia. Estamos aquí para renovarlo”.

Desarrolló todo un discurso sobre base la de su sentido de que no hay dos historias, una sagrada y otra profana, sino una sola que Dios empuja.

El punto culminante de la participación de don Enrique en la búsqueda de los detenidos-desaparecidos fue Lonquén.

A pesar de que la huelga de hambre no tuvo un fruto próximo en la respuesta de las autoridades, Dios se encargó de que tanto sacrificio no fuera hecho en vano. Fue así como alguien le comunicó a un sacerdote que había cuerpos enterrados en una mina abandonada cerca de Lonquén. El Cardenal Raúl Silva Henríquez constituyó una comisión compuesta por don Enrique, por dos abogados de la Vicaría de la Solidaridad y dos periodistas para ir a confirmar la noticia. Enseguida, asaltó la sospecha y casi la convicción de que lo cuerpos pertenecían a algunos detenidos-desaparecidos.

Fueron a Lonquén provistos de palas, picotas y chuzos y ellos mismos se pusieron a excavar hasta que se confirmó la denuncia: encontraron restos humanos, cráneos, ropa, huesos. El siguiente fue el testimonio de Máximo Pacheco, uno de los abogados que iban con don Enrique:

“Subimos por la ladera del cerro y desde allí nos introdujimos a la parte superior del primer horno, que tenía una capa de tierra consolidada, una costra de cemento y piedras superpuestas. Con la ayuda de palas, picotas y chuzos, que habíamos traído especialmente, en consideración a la denuncia formulada, cavamos y, luego de romper alrededor de cincuenta centímetros, en una parte contigua al muro, decidimos poner término a la faena, porque no encontramos nada y la atmósfera se hacía muy pesada.

Luego descendimos por la misma ladera y procedimos a cavar, en la parte inferior del segundo horno, donde estaba ubicada su boca, y allí pudimos comprobar la existencia de restos humanos: un cráneo que tenía adherido un trozo de cuero cabelludo, liso y de color negro; un hueso, aparentemente un fémur; trozos de telas y piedras impregnadas de una materia aceitosa, algunas de las cuales tenían adheridas materia orgánica y cabellos humanos.  La tierra extraída por nosotros era de color negro y el horno despedía emanaciones de mal olor.

Continuamos cavando y logramos abrir un forado, que conducía a un vestíbulo de ladrillo o de otro material, a través del cual miramos al interior del horno, iluminados con una antorcha que fabricamos con papel de diario; y, semiarrodillados, pudimos comprobar, cada uno, que allí había un hacinamiento de huesos entrelazados y un cuerpo humano cubierto de una tela muy oscura, cuyo deslizamiento era impedido, al parecer, por un estrechamiento del interior del horno en su parte interior.

Los presentes quedamos muy impresionados por este macabro hallazgo, al  punto que debí apartarme a buscar refugio debajo de uno de los pocos árboles que existían en el lugar, para sobreponerme.

Allí me encontré con Monseñor Enrique Alvear, cansado, pálido, con un pañuelo sobre la cabeza. Es ésta –le dije- una de las impresiones más grandes que he tenido en mi vida; estoy a punto de desmayarme.  Monseñor me contestó: ‘Yo estoy igual que usted. Nunca me imaginé que iba a ser testigo de un hecho tan horrible; de un desprecio tan grande por la dignidad del ser humano. A pesar de lo mal que nos sentimos los dos, le propongo –me dijo- que recemos a Dios por el descanso eterno del alma de estos hombres, cuya identidad aún no conocemos y roguemos, también, por sus victimarios’. Al término del Padrenuestro ambos estábamos llorando…”.

Después se sucedieron liturgias y ayunos para suplicar a Dios que se aclarase la verdad de los hechos. En efecto, los Tribunales aclararon que los cuerpos pertenecían a quince personas detenidas por las fuerzas de seguridad el 15 de septiembre de 1973 en Isla de Maipo; también se aclaró el nombre de los culpables, pero se les dio la amnistía, con lo cual se justificaba lo que hicieron.

Este episodio le trajo muchos sinsabores y conflictos a don Enrique, pero siguió adelante con la audacia que le daba la convicción de que Dios defiende la vida de los pobres y que nosotros somos instrumentos para que el mundo entienda esta gran verdad.

 

 
 
     
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Don Enrique Alvear