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Niñez y Seminario

(La presente biografía está basada en el libro “OBISPO ENRIQUE ALVEAR
Buena Noticia para los pobres”, de la Hermana Esperanza Calabuig R.S.C.J.)

Don Enrique era el octavo hijo de una familia de once hermanos. Nació en Cauquenes de Maule el 29 de enero de 1916.

Sus primeros estudios los realizó en la escuela rural y después siguió en el Instituto de Humanidades Luis Campino de Santiago. Terminada su educación secundaria, entró a la Universidad Católica de Chile a estudiar Derecho.

Varios aspectos destacados de la infancia de don Enrique recuerdan sus hermanos: su espíritu investigador, su sentido del humor, la ternura con su madre y también el mal genio que tenía en algunas ocasiones.

El espíritu investigador que lo acompañará toda la vida y que más tarde lo hará profundizar en la teología y la Biblia, ahora, en sus primeros años, se plasma en su gran curiosidad por todas las cosas; por eso desarma relojes, juguetes. Hace experimentos con la electricidad y es así como se arriesga un día a quemar una verruga que tenía su hermana, dejándole la consiguiente herida para el disgusto de todos.

Desde joven se siente inclinado por los misterios que hacen posible la vida: le gusta la biología y desearía estudiar medicina. Dos hermanos mayores, ya abogados, y la presión familiar le hicieron escoger esta carrera. Junto con su espíritu investigador, destacó desde pequeño por una gran capacidad de síntesis que lo hacían buen alumno, a la vez que ayudaba a otros a estudiar.

Sabía encontrarle el lado cómico a la vida; tenía un sentido del humor que le permitía contar como historia en colores las anécdotas más simples.  Era dicharachero y conversador, con lo que ocultaba un carácter más bien introvertido y un espíritu que se fue haciendo progresivamente contemplativo.

Tierno y respetuoso con sus padres, creció en medio de su familia como alguien muy de ellos que desde joven asumió las responsabilidades económicas y familiares que debió imponerse. A pesar de las penurias económicas que suelen pasar los estudiantes, él se las arregló para encontrar un trabajo, ya en 2º año de Derecho, con lo que aportaba al sustento de su casa.

Sin embargo, sus hermanos también recuerdan que a veces don Enrique tenía “malas pulgas” y sabía repartir sus coscachos que los dejaban llorando.

Hijo de una familia cristiana, aprendió en ella a acercarse a Dios. Recibió los sacramentos, y a medida que crecía se iba configurando un espíritu profundamente religioso que le fue haciendo vivir de manera natural las verdades más elevadas de la fe.

Fue así como en 4º año de Derecho se siente llamado al sacerdocio. Su padre le exige que termine su carrera y don Enrique acepta muy apenado, pero insiste. Todos se dan cuenta de que la tristeza se apodera de él y de que empieza a participar menos en los momentos alegres y juveniles. Don Enrique era bueno para revolverla, un excelente bailarín y líder tanto en las cosas serias como en las fiestas.

Su madre se da cuenta de que la decisión tomada por su esposo está perjudicando a su hijo e intercede para que le sea dado el permiso de entrar al Seminario: es importante responder a Dios cuando Él llama.

Don Enrique inicia su formación sacerdotal a los veinte años en el Seminario Mayor de Santiago. Ya entonces le expuso a su madre que sentía miedo de la gran responsabilidad que suponía esa vocación; tenía el presentimiento de la cruz que acompaña siempre al verdadero discípulo de Jesús.

En el Seminario se dedicó con gran empeño a los estudios. Sus compañeros lo recuerdan como una personalidad bastante completa: por una parte tenía gran capacidad de concentración y gusto por aprender, y por otra, una espiritualidad que se profundizaba cada vez más. Caritativo y muy fraterno con los compañeros, con los que compartía tanto los conocimientos como todo lo que poseía, era sincero en decir lo que consideraba que no debía callar, ya fuera a sus superiores o compañeros, defendiendo con vehemencia puntos de vista que le parecían indeclinables; pero, a la vez, suave y muy dúctil para llegar a acuerdos en la convivencia diaria. Tenía un espíritu muy alegre, gran sencillez para participar en las veladas de recreación, donde destacó por sus calidades para los papeles cómicos. Tenía conocimiento de la naturaleza humana y de la cultura popular, aspectos que le dieron la fama de “aterrizado”, a pesar de su gran atractivo por lo espiritual, especialmente, por la oración.

En ese tiempo ya empezó a tener responsabilidades y la primera fue la de ser inspector de los más chicos en el Seminario Menor, a los que tenía que vigilar en tiempos de estudios o de recreo. No lo sabía hacer muy bien, pues se concentraba tanto en sus propias lecturas, que tardaba darse cuenta de los demás entretanto, “la revolvían”. Se empezaban a notar en él mejores cualidades para animar que para mandar. Serían características que se acentuarían a lo largo de su vida.

Se ordenó sacerdote el 19 de septiembre de 1941.

 
 
     
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Don Enrique Alvear